22 d’agost de 2010

J. Sabina en en el Santiago dominicano

De: Josep Antoni Mollà

Titol: Las paradojas del pirata Sabina en el Caribe

El pabellón cubierto Arena del Cibao, en la dominicana ciudad de Santiago de los Caballeros, acogió el segundo y último concierto de Joaquín Sabina en el país caribeño, el miércoles 19 de mayo. En el contexto de su larga gira “haciendo las América”, y en la ronda de conciertos de presentación de su último disco, “vinagre y rosas”, que ya en noviembre del pasado año pasó por el Palau de la Música de Valencia.

Aunque Sabina era el primer concierto que ofreció en la segunda ciudad de aquella república, de dos millones de habitantes, y se le vio muy feliz, generoso en lo musical, entregado y cómplice con un auditorio que se volcó y coreó muchas de sus canciones, cabe apuntar que dicho concierto fue un cúmulo de paradojas y contradicciones tan o mas reseñables que los vaivenes de este cantante sobre el escenario. Pues aunque se declaró nada amigó de las fronteras, no cesó, con explícito afán de sonsacar el chovinismo de campanario que los habitantes de todas las ciudades del mundo llevan dentro, de hacerles guiños a esos oyentes sobre Santiago, o acerca del “zingón” hijo de la ciudad, el cantante Juan Luis Guerra, o incluso referencias al bachatero Víctor Víctor, allí presente.

La gran paradoja del pirata Sabina

Acontece que precisamente Joaquín Sabina, quién debe en parte su ascenso en el mundo del espectáculo, a la canción “círculos viciosos”, tras la interpretación que hizo de la misma el cantante Pulgarcito, en un programa musical de televisión Española que dirigía Carlos Tena, a finales de los años 70, diriase que ha caído en aquello que cantaba de “no se entera”. Se despidió, tras un generoso concierto de 145 minutos derrochando canciones, con un título, trufado de rimas, de nombre irónico para aquella velada “...Crisis de valores,/ funeral sin flores,/ dólares de calcetín...”, perteneciente al disco “leiv motiv” de la gira,“vinagre y rosas”. Pero este fue un bolo repleto de paradojas que no se suelen adjuntar en las crónicas que se transcriben para los paisanos españoles de Sabina.

Por de pronto llegó, se comportó y se fue, haciendo gala de los mismos vicios que las grandes estrellas de la música. Ya que llegó al recinto en helicóptero un rato antes de comenzar el espectáculo musical, por lo que no tuvo tiempo ni de ensayar una canción, procedente del hotel Jaragua de Santo Domingo, ciudad donde actuó la noche anterior, y en la cual amago con interrumpir su concierto si el público no cesaba de hacerle fotos. En Santiago, tal vez por la menor afluencia de público, un millar de personas, a ojo de buen cubero, no tuvo que recurrir a ese capricho, pero si a amenazar con irse si los numerosos camareros, como es costumbre en dicho lugar, no dejaban de servir tragos o cuchipandas a los asistentes, sentados en sus sillas VIP ( a 80 euros cada una, las de las primeras filas, y un poco menos las también VIP de detrás). Finalmente se fue con la música de “crisis” aún resonando en el Arena, directo al helicóptero que lo regresaría al hotel de origen, sin pisar una calle santiaguera, sin atender a ningún medio y, lo que es peor, sin saber que acababa de dar un espectáculo, casi en exclusiva, para la “creme” social , política y económica de la ciudad. Sin enterarse.

Pero los desconocimientos de Sabina no termina ahí. Pues seguro que no protestó, aunque jugó con la broma de pasar de ser un cantante protesta a ser de la próstata, por la presencia de una legión de “seguratas”, a poco mas de cuatro euros aquella jornada laboral, ubicados estratégicamente por todo el local, para defender al cantante de Jaén, pero también, es de suponer al público VIP, ya que este fue el que ocupó mas localidades. Mientras los de general, a 30 euros el asiento, apenas se les divisaba, por su escasez. Todo un termómetro socio-económico de la población santiaguera, y por extensión dominicana. Máxime, y de ello Sabina que andaba en pájaro volador “no se entera”, porque los pocos que le hablan no subsisten, como la mayoría de dominicanos, caso de ser agraciados con un trabajo, con 250 euros o menos al mes. Sabina “no se enteró” que su público estaba constituido por los grandes empresarios de Santiago, jueces estrella, con programa de televisión, así como presentadores y otras estrellas de la tele, diputados flamantemente electos o artistas de éxito, mas esposas o prole, armada, eso sí, de su rutilante celular 3G, en el que vampirizaban la imagen y las canciones de aquel que “vengó su memoria a pedradas contra una sucursal del Banco Hispano Americano”.

No es gratuito el apunte según el cual los reporteros gráficos de Hoy, El Caribe, Información y otros medios del lugar, realizaron más fotografías, para las páginas y espacios de sociedad, del público VIP de las primeras filas, que a J. Sabina. Y es que Sabina, al contrario de lo que sucede en México, es poco conocido por el público dominicano. No en balde sus canciones, como acontece con la mayoría de cantantes españoles actuales, apenas suenan por las radios. Inverosilmente si suenan canciones de los años 60 y 70 de Serrat, Camilo Sesto, José Luis Perales o Raphael, donde hasta su “yo soy aquel” goza de versión merengue.

El pirata Sabina traficando canciones en el Caribe

Lo dicho no excluye, a nivel de espectáculo musical, que este resultara de una gran profesionalidad y, haciendo honor a la climatología del país, caliente. Con un telón de fondo que evocaba a su programa televisivo trampolín, “si yo fuera presidente”,el fotograma de una ciudad nocturna, “peor para el sol”.

Joaquín Sabina saltó sobre las tablas ataviado con su característico frac negro, bombín a lo Charlot, botines, pantalón color vino y camiseta con un interrogante cerrado. La experiencia y saber hacer de los Viceversa, Pancho Varona y Antonio García, así como del resto de la banda, pusieron todos los alicientes, inclusive en un par de tiempos muertos que se tomó J. Sabina.

Abrió el concierto con “tiramisú de limón”, mas las canciones que integran “vinagre y rosas”, intercalando algunas de sus más exitosas canciones como “princesa”, “bulevar de los sueños rotos”, “medias negras” o “aves de paso”, hasta llegar a los tres bises, en los que “nos dieron las diez”, a las 11’15 de la noche, nos metió en un “callejón sin salida”, proclamando sus “pastillas para no dormir”, seguramente para que no dejaran de bailar, a ritmo de rock, a “pata palo, el pirata cojo”. Y con las reverencias de rigor y el fondo musical de “crisis”, Sabina voló, tras el escenario, a la búsqueda de su pájaro de hierro.